VENCER O MORIR

El pasado sábado fui al cine a ver una de guerra. «Vencer o morir» se titulaba la cinta francesa producida por Puy du Fua, los del espectáculo de historia de Toledo, sobre la guerra de la Vendée, en la que murieron 200.000 personas entre 1793 y 1796, y que sin embargo los jóvenes franceses no estudian en sus libros de historia. Un auténtico genocidio que se oculta y no se reconoce.

Y para continuar con esta ocultación, se ha prohibido la exhibición de la película en muchos cines de Francia –y en alguno de España también–. Y en pleno siglo XXI. Una película que naturalmente ha concitado las iras del poder, debidamente canalizadas por los medios de comunicación, mayoritariamente al servicio del «Pensamiento Único». Y ya sabes que eso de la dictadura del pensamiento único no va conmigo. Y que por eso escribo en este blog o hago programas de radio. Para defender la libertad de expresión y de pensamiento, la mía y la de todos los demás.

¿Por qué mentir sobre un hecho tan remoto? Para salvaguardar la imagen mítica de la Revolución Francesa, una imagen envuelta en la bandera de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Lo que ocurrió en La Vendée, cuando los campesinos y sus familias fueron aniquilados tras sublevarse contra el terror instaurado por la Revolución y Robespierre, no tuvo nada de libertad, nada de igualdad y mucho menos de fraternidad. Calificados de «raza maldita», los vandeanos fueron masacrados por defender su religión católica, por reivindicar su monarquía milenaria y rechazar la dictadura republicana. Los ideales de la Revolución francesa pisoteados por sus mismos promotores cuatro años después de la toma de la Bastilla.

El pensamiento único nos presenta la edad media como una etapa oscura, que no lo fue, donde lo político se encontraba subordinado a lo religioso y el fin último de la acción del hombre era la realización terrenal del plan de salvación de Dios.

Los ilustrados piensan que ya no necesitan a Dios y que pueden edificar el cielo en la tierra. Estan convencidos de la posibilidad de crear un paraíso terrestre por medio de la promulgación de leyes y de la instrucción.

Los ilustrados tratarán de convencernos de que al igual que el creyente tiene fe en que su vida depende de los designios de la providencia divina, el buen ciudadano es aquel que tiene fe en la acción de su gobierno.

Y entonces surgen las ideologías con la vocación de satisfacer la necesidad de trascendencia del ser humano, pero aquí en la tierra. Todas ellas quieren procurar el cielo en la tierra. Y la diferencia entre unas y otras es donde ubican el origen del mal. Las ideologías no son mas que religiones secularizadas.

En España, son muchas las veces que hemos oído por boca de los dirigentes del PP que la economía es lo único importante y que todos los políticos son iguales, bueno esto segundo lo suelen decir también los que votan a la izquierda cuando pillan robando a alguien del PSOE. Sin embargo, las izquierdas y los separatistas piensan todo lo contrario: la economía es subsidiaria a la política y sus políticos son todos ejemplares. Ya lo explicó el comunista ministro de consumo Alberto Garzón, que el político de izquierdas que roba no es de izquierdas.

El ser humano necesita vincularse con una instancia que le trascienda como la religión o en el peor de los casos con una ideología que le garantice la salvación frente al mal. Las modernas preocupaciones por la desigualdad de género, la inmigración o el calentamiento global no dejan de ser dogmas a los que agarrarse y separar a los buenos de los malos.

Frente a las ideologías, sentido crítico, búsqueda de la verdad y sentido común, por desgracia el menos común de los sentidos hoy día.

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